DR. NORBERTO LÓPEZ GARZA
El hecho de que un grupo de delincuentes organizados amenazara al director de comercio del municipio de Juárez para obligarlo a cobrar las cuotas de extorsión por medio de sus inspectores a los comerciantes del centro de nuestra frontera, es sumamente grave y nos da una idea de la osadía delincuencial que impera en nuestra comunidad debido a la impunidad que disfruta este tipo de malhechores en nuestro entorno citadino.Las declaraciones del señor Arturo Valenzuela, coordinador de la Mesa de Seguridad ‘Todos Somos Juárez, quien comentó que este delito no ha sido abatido y su incidencia sigue dándose de manera importante, debido principalmente a la complacencia de los propios comerciantes que deciden no denunciar.
Señaló que propietarios de establecimientos niegan que estén siendo extorsionados, pero además lo fomentan, porque se sienten protegidos por los delincuentes que les ayudan a evadir impuestos y pagar servicios.
Lo cierto es que, después de casi cinco años de estar padeciendo extorsiones del hampa y de sufrir secuestros, asesinatos, incendios intencionales a sus casas y negocios, muchísimos ciudadanos, más que cobardes o cómplices, se encuentran aterrorizados y se someten mansamente a la férula de los criminales ante la evidencia de un pasado inmediato en el que muchas veces algunas policías venales se han revelado como integrantes de esas mafias de extorsionadores y sicarios.
El ciudadano común ha llegado al extremo de no alcanzar a distinguir entre los delincuentes organizados gubernamentales y los no gubernamentales cuando ambos los roban con los mismos métodos y con idéntica frecuencia.
Denunciarlos en un pasado reciente, les costó la vida a muchos juarenses y eso les quitó a la mayoría lo valiente, porque en un ambiente tan confuso es difícil confiar en una autoridad que muchas veces los ha embarcado en la aventura de la denuncia y después, ella misma, los ha delatado con los malos poniéndolos de pechito para la venganza, eso sin contar que en repetidas ocasiones nunca castigó a los malhechores.
Eso fue patético y aparte de que incrementó el temor, sembró el desconcierto.
De hecho, a muchos juarenses no se les quita la idea que crimen organizado y policías son una sola y misma persona. O sea, autoridad y delincuentes en una sola mafia verdadera.
En ese ambiente se da la intervención del jefe de la policía municipal Julián Leyzoala para proteger a los inspectores de comercio y a los ciudadanos. La relación se da envuelta en el recelo.
Y sin embargo, el régimen del presidente Felipe Calderón, que propició el surgimiento de todas estas fechorías no ha terminado y todavía le quedan más de cuatro meses de injerencia directa.
No es tiempo todavía de saber que tan buenos son estos malvados o que tan malvados son estos buenos.
Por eso, ante una duda tan razonable el ciudadano común prefiere andarse con cuidado y prenderle una veladora a Dios y otra al diablo.
La autoridad todavía debe dar más pruebas tangibles de honestidad para que se comience a confiar en ella.
El ciudadano sólo quiere paz y garantías constitucionales para poder trabajar y desencadenar los fenómenos de la producción y del progreso, pero por ahora tal parece que no quiere abrazar las virtudes del valor civil que a muchos les ha costado un balazo en la cabeza, por decir lo menos.
Y no es que les falte valor u hombría, es que el ambiente es tan confuso que es difícil saber quiénes son los buenos y quiénes son los malos.
A mi juicio, es injusto que el Alcalde Héctor Murguía y el señor Arturo Valenzuela los tachen de cobardes desde el perímetro de seguridad que les dan sus guardaespaldas. Sencillamente no estamos en las mismas condiciones, ustedes tienen protección y nosotros estamos expuestos directamente a los rayos y centellas de la tormenta.
Los ampones y la policía se encuentran armados y la ciudadanía no. Ni tan siquiera para garantizarse a sí misma un poco de legítima defensa.
Ojala y pronto se restablezca en nuestro medio el estado de derecho y la confianza en nuestras autoridades pueda retornar para que entonces la delación de los malvados pueda ser un instrumento que ayude a una policía honesta a ajusticiar a los delincuentes.
Pero mientras estén tan enlodados los unos y los otros como ahora, la cosa será difícil y el indefenso ciudadano del común seguirá refugiándose en esa ambigüedad de soportar la extorsión, por si las dudas, por razones de sobrevivencia en espera del imperio del la ley y el orden que se tarda tanto en llegar.
